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01 feb 2019

“Se está consiguiendo cambiar mentalidades demostrando que todos somos personas y que las etiquetas no nos tienen que encasillar”

Reportaje publicado en el número 2 de la Revista Encuentro de 2018 con motivo del aniversario de los 35 años de la Confederación SALUD MENTAL ESPAÑA.

Hace 35 años, cuando nació la Confederación (entonces FEAFES), la atención en salud mental en nuestro país era muy diferente a como es ahora. La voz y el protagonismo de la primera persona, el de la sociedad, la visión de las familias e incluso el propio movimiento asociativo… todo ha evolucionado. Sin embargo, a pesar de los avances, todavía quedan muchas metas por alcanzar. Hablamos con personas de distintas generaciones para que relaten sus experiencias y para conocer las diferencias que entre ellas ha marcado el paso del tiempo. ¿Cómo ha cambiado la salud mental en los últimos 35 años? ¿Queda mucho por hacer?

Constitución Comité

Hace más de 30 años que Francisco Morán, miembro de AFESA Salud Mental Asturias y suplente en el Comité Pro Salud Mental En Primera Persona de la Confederación, convive con un trastorno mental. “Cuando me diagnosticaron mi problema de salud mental, el método estaba muy medicalizado. La gente está ahora más informada y mejor formada. El problema que tenía en mi caso es que yo no podía hablar con naturalidad”. Morán tiene claro que, hace años, “sobre el propio trastorno no podías decir nada. Decidían los demás”.

En línea con su opinión se encuentra la de José María Sánchez Monge, presidente honorífico de SALUD MENTAL ESPAÑA. “Antes te veía el psiquiatra, te daba medicación, y ya está. Si no te iba bien, te daba más. La persona tenía que cumplir lo que decía el psiquiatra y en general no se oían sus opiniones”, afirma. Hace 22 años, cuando uno de sus familiares fue diagnosticado con un problema de salud mental, reconoce que él “no tenía herramientas para poder abordarlo”. Echando la vista hacia atrás, Sánchez Monge explica que en aquel entonces muchas familias “intentaban que a su hijo lo ingresaran porque no creían en la recuperación. Ese concepto para ellos no existía”.

“Sobre el propio trastorno no podías decir nada. Decidían los demás”


 

Del destierro a la inclusión

La situación era aún más precaria en los años 70, tres lustros antes de la Reforma Psiquiátrica que se produjo tras la aprobación de la Ley General de Sanidad, y previamente a la aparición del movimiento asociativo. Fue cuando Ana Gumiel, madre e hija de personas con problemas de salud mental y miembro de la asociación madrileña AFAEM-5, vivió por primera vez el estigma de los trastornos mentales. “Mi madre llevaba años enferma, metida en la cama y sin salir, sin que supiéramos por qué. En aquella época, la única alternativa que nos dieron fue psiquiátrico para toda la vida. Nos dijeron que era porque tenía una enfermedad muy peligrosa. Fue algo que no aceptamos”, asegura.

Tras el cambio de legislación, Gumiel recuerda que “se abrían los psiquiátricos sin que hubiese ninguna alternativa. Salía mucha gente en dirección desconocida porque llevaban muchísimos años dentro y no tenían referencia familiar. Había personas que llevaban allí 20 o 30 años”. Más adelante, cuando se convirtió en madre y su hijo comenzó a tener un problema de salud mental, se encontró con otros déficits en la atención. “En ese momento, aunque se habían empezado a hacer reformas, lo que no había era psiquiatría infantil”, denuncia.

En la actualidad, la atención en salud mental es bastante diferente, en opinión de Trinidad Rubio, hermana de Vicente Rubio (activista por los derechos de las personas con problemas de salud mental y miembro del Comité). “En el día a día ya no hay tanta etiqueta, en los centros de salud hay más posibilidades, se escucha más al paciente. Incluso hay hospitales que están cambiando la forma de actuar a favor de las personas. Hay más asociaciones y grupos de apoyo, con lo que se está consiguiendo llegar a más rincones”, afirma.

“En las unidades de oncología el trato es todo amor, ¿por qué aquí no?”


 

No obstante, también reconoce que “tristemente, en los 14 años que hemos estado necesitando de esta atención no hemos visto mucho cambio a la hora de los ingresos”. Rubio explica que, por parte del hospital, no tuvieron información para enfrentarse a la nueva situación, “solo etiquetas”. “Creo que el trabajo tiene que ser conjunto, somos todos un equipo y necesitamos todos la información, pero el psiquiatra no dispone de tiempo”, opina. Además, pone de relieve la diferencia de trato respecto a otros problemas de salud y reclama que falta “conseguir que todos los hospitales den el trato humano que le pueden dar a una persona que ingresa con un infarto. En las unidades de oncología el trato es todo amor, ¿por qué aquí no?”.

Ha habido un cambio enorme en estos 22 años en la manera de tratar a las personas con problemas de salud mental”, opina Sánchez Monge. “Todo el mundo entiende que lo mejor es el modelo comunitario, pero todavía existe dentro de la Psiquiatría un rechazo importante a perder su hegemonía en detrimento de un equipo interdisciplinar”.

Las etiquetas no nos tienen que encasillar

El caso de Jonathan Yuste, miembro del Comité Pro Salud Mental en Primera Persona, es más reciente (su problema de salud mental comenzó en 2012) y refleja que a día de hoy continúa habiendo mucho por hacer. “Para mí lo más crucial de ese diagnóstico fue enterarme estando ya en casa. A mí en el hospital no me comentaron nada.  Creo que fue un fallo muy grande que tuvieron no solo conmigo, sino que se tiene con mucha gente, el decir: `te doy las pastillas que nosotros creamos conveniente´. Yo por lo menos no recibí ninguna información, y según otros testimonios de gente que he conocido, siempre es muy escasa o ninguna. Hay evolución pero no se puede dejar de trabajar en ese aspecto”.

 

El movimiento asociativo

Respecto al papel y la evolución que ha jugado el movimiento asociativo, Trinidad Rubio destaca que para ellos fue un impulso “para poder salir del túnel oscuro en el que estábamos. Nos aportó seguridad y nos demostró que no pasa nada por tener miedo, que de todo se puede aprender y de todo se puede salir”. Aunque recuerda que “fue una grata sorpresa ver cómo todo el mundo se volcó, apoyó y ayudó”, es consciente de que no todas las familias lo asumían de la misma manera. “Nosotros tenemos en la familia otro caso y se ocultó totalmente a la sociedad e intentaron sobreproteger o esconder a la persona”, explica. “Es más, cuando le pasó a mi hermano nos aconsejaron que no dijésemos nada a nadie porque la gente es muy mala y rechaza. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de que se podía contar y no pasaba nada, e incluso la gente se llega a volcar más en apoyarte o ayudarte en momentos necesarios, este familiar cambió de actitud. Todavía queda mucho camino por recorrer, pero veo que se está consiguiendo cambiar mentalidades, abriéndose a la sociedad, demostrando que todos somos personas y que las etiquetas no nos tienen que encasillar o encerrar”, asegura.

“Creo que es muy positivo avanzar, y más con el tema del asociacionismo”


 

Sánchez Monge destaca como uno de los cambios más relevantes de los últimos tiempos que “las personas con problemas de salud mental tengan peso en las organizaciones” de la red asociativa y subraya la importancia de la creación del Comité Pro Salud Mental En Primera Persona.

Por su parte, Morán asegura que el movimiento asociativo le ha ayudado “a ver cómo manejas los medios de los que dispones para tener un mayor empoderamiento y una mejor relación con la gente”. Y para Yuste, entrar en su asociación “fue un impulso positivo. Me hizo centrarme en volver a mí mismo. Creo que es muy positivo avanzar, y más con el tema del asociacionismo”. Para terminar, afirma: “Todos llevamos una mochila en nuestra espalda, aunque sea imaginaria. Podemos dejar que nos la lleven un tiempo, pero tenemos que trabajar para poder recuperar esa mochila e incluso, si más adelante podemos ayudar a otra persona en circunstancias similares, que tengamos la posibilidad de hacerlo. En este aspecto el empoderamiento es vital”.

 

Reportaje publicado en el nº 2 de la Revista Encuentro, 2018.

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