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09 sep 2015

Entrevista a Laura Martín López-Andrade, de la Revolución Delirante.

Entrevista publicada en el número 1 de la Revista Encuentro de 2015. Laura participará en la jornada del Día Mundial de la Salud Mental de 2015.

Laura Martín López-Andrade ejerce la psiquiatría en el Centro de Intervención Comunitaria del Hospital Río Hortega de Valladolid desde 2013. Su poco convencional visión del papel de la psiquiatría -prefiere hablar de locura que de enfermedad mental y aplicar el trato personal como parte del tratamiento- la llevó en 2011 a crear, junto con otros jóvenes profesionales de la salud mental, La revolución delirante, una iniciativa que pretende promover el intercambio de conocimientos para alejar la disciplina de prácticas dogmáticas que se limiten a someter la salud mental a pruebas, clasificarla y medicarla.

 

- ¿Qué es la Revolución Delirante?

La Revolución Delirante es un movimiento; un grupo de personas que trabajamos en Salud Mental y nos hemos dado cuenta de que debemos reaccionar ante el devenir de la psiquiatría en nuestros tiempos. Tuvimos la suerte de formarnos dentro del Colectivo Villacián de Valladolid, donde nos enseñaron que es fundamental el estudio de la psicopatología, el respeto por los síntomas y, ante todo, el que los profesionales colaboremos en promover la libertad del paciente. Pero veíamos cómo esta forma de pensar y hacer era cada vez más minoritaria. Ahora parece que lo importante son las evidencias, la supresión de los síntomas, llegar cuanto antes al diagnóstico y, como no, al tratamiento farmacológico y el engranaje rehabilitador. Es un momento muy peligroso.

Por eso, y dado que los jóvenes -dicen- somos el futuro, creamos este movimiento, que se dirige a las nuevas generaciones de profesionales con un triple objetivo. El primero, promover una formación amplia, independiente y rigurosa de los profesionales. Una educación clínica que se aleje de las empresas farmacéuticas, que no se limite a las teorías imperantes biológicas y conductistas y que permita volver a la escucha de las personas con malestar psíquico, preguntarse por el sentido del síntoma y ver a la persona que hay detrás de la clínica. El segundo iría dirigido a un modo de entender la asistencia y la posición de los profesionales. Entendemos que debemos abandonar la posición de poder y control social con la que nació nuestra disciplina; desplazamiento que no puede hacerse si no conseguimos admitir que nosotros no somos los portadores de la verdad sobre el sufrimiento psíquico, sino que es el paciente el que sabe y nosotros, los que debemos ponernos a su servicio. En lugar de decirte lo que tienes, debo preguntar qué te pasa y qué necesitas. Esto, que parece un pequeño matiz sin importancia, es muy difícil para muchos profesionales. Por último, intentamos trasladar estas ideas a la sociedad para anular el social asociado a la llamada enfermedad mental. Transmitir que estar loco no significa no poder acceder a la razón, sino que se trata simplemente de otra razón, tan válida como la nuestra. El loco debe dejar de ser, como es, un exiliado –ya sea en manicomios o en diagnósticos- y debemos empezar a dejarle ser lo que es, un ciudadano.

 

“El síntoma, en este sentido, no es más que la expresión hacia fuera de un conflicto íntimo y único del sujeto”.

 

- ¿Es esta visión de la Psiquiatría un acercamiento a la psicología?

No. Generalmente, la psicología se asocia a lo psicológico y la Psiquiatría a lo biológico –eso de que “con el psicólogo hablas y el psiquiatra te receta”-, pero esa diferenciación es errónea. La única separación posible en lo referente a la teoría sobre la locura es la que distingue entre lo biológico y lo psicológico. Es decir, por un lado hay quienes se siguen agarrando a que la enfermedad mental es un fallo, algo trastornado que hay que reparar. Todas las teorías positivistas se apoyan en eso, y son las que imperan en la actualidad. Bajo este prisma, la persona es un ser al que sobreviene la enfermedad y que nada puede hacer con lo que le pasa. Del otro lado, están las concepciones más psicológicas, que entienden que el sufrimiento ocurre cuando algo le pasa a la persona. El síntoma, en este sentido, no es más que la expresión hacia fuera de un conflicto íntimo y único del sujeto. Por eso lo importante es descubrirle que él puede hacer algo con lo que le pasa.

 

“Hay quienes se siguen agarrando a que la enfermedad mental es un fallo, algo trastornado que hay que reparar”.

 

- ¿Cómo nace el Centro de Intervención Comunitaria del Hospital Río Hortega de Valladolid? ¿Cuál es la diferencia de este centro frente a los departamentos de Psiquiatría tradicionales? ¿Hay más centros de este tipo en España?

El CIC nace como proyecto piloto en enero de 2013 para apoyar al programa de gestión de casos de los Centros de Salud Mental. Llevábamos tiempo pensando que los Centros, al estar saturados con los llamados “trastornos mentales comunes” (ansiedad, depresión, etc.) se estaban viendo limitados en la atención intensiva o urgente de los pacientes más graves. Así, reorganizamos el servicio para crear un equipo multidisciplinar y horizontal que apoyara a los equipos de salud mental.

Es un modelo adaptado a las necesidades que veíamos que tenía el Servicio de Psiquiatría de nuestro hospital, la intensificación de las visitas a domicilio, el acompañamiento terapéutico, el apoyo familiar o la inclusión laboral y social de los pacientes. Nos puedes encontrar tanto haciendo una terapia familiar como ayudando a alguien a mudarse, depende del día.

Tenemos tres objetivos fundamentales: atender a la demanda de la persona y su familia, favorecer su emancipación y promover su deseo. Esto, que puede resultar muy obvio, choca frontalmente con la concepción mayoritaria de la Psiquiatría, que pretende, en resumidas cuentas, diagnosticar, prescribir y asegurarse de que te identifiques con lo diagnosticado y lo prescrito.

 

- Hoy en día cada vez es más necesario demostrar con resultados la efectividad de las acciones, ¿existen referencias y evidencias sobre la efectividad de lo que propone la Revolución Delirante?

 Es cierto eso de que, hoy en día, debes “demostrar con números” lo que haces. Pero creo que se nos está yendo de las manos todo eso de las evidencias.

En realidad, es un sinsentido pretender medir en términos de objetividad aquello que sólo tiene que ver con la subjetividad. La locura, el malestar psíquico, la enfermedad mental, o como queramos llamarlo, es una cuestión subjetiva y, por tanto, se aleja de todo lo que se puede abordar desde el Método Científico.

 

- ¿Es trasladable este modelo al sistema público de salud? ¿Qué recursos serían necesarios para hacerlo posible?

 El CIC está en el sistema público y, a día de hoy, sigue siendo posible… Claro que se mantiene gracias al trabajo individual de los profesionales que estamos allí. Para trabajar tan de cerca y con tanta proximidad al día a día de los pacientes y sus familias se necesitan profesionales muy disponibles, creativos, cercanos, que conozcan la clínica, controlen sus propias frustraciones profesionales y estén dispuestos a salirse del papel de su categoría profesional. No sirve cualquiera. La Administración aún no está muy preparada para ser tan flexible como exige la configuración de equipos de este tipo, pero esperemos que lo algún día lo comprendan.

 

“Es un sinsentido pretender medir en términos de objetividad aquello que sólo tiene que ver con la subjetividad”.

 

- Hablas de que el profesional debe adaptarse a las necesidades del paciente. ¿Qué grado de participación crees que deben de tener en el proceso de recuperación?

Para empezar te diré que el término «recuperación» creo que debemos pensar en cambiarlo. Como ocurrió en su momento con el de «rehabilitación», el concepto de «recuperación» está siendo colonizado por las teorías más organicistas, que lo han incluido en su lenguaje y acabarán por ponerlo a su servicio. Fíjate como algunas empresas farmacéuticas ya lo incluyen en sus eslóganes para vender medicamentos.

Yo, si me lo permites, abogo más por hablas de «emancipación», pues creo que no existe mejor forma de reunir lo que debemos perseguir los profesionales respecto al paciente. Emanciparse, en primer lugar, de su sufrimiento. Esto pasa por ayudarles en su proceso de búsqueda de sí mismos, en la identificación y eliminación de la proporción de síntomas que no precisa para vivir –no olvidemos que hay personas que necesitan, por ejemplo, delirar un poco para estar bien– y en la configuración de un yo más fuerte y sólido con el que volver a ponerse en pie. Emanciparte, también, de sus familias, pues este tipo de experiencias generan un sufrimiento para ellos también. La dependencia, tanto afectiva como económica suele ser muy alta. No se trata de que todos se vayan de casa, sino de que, incluso estando en la misma vivienda, cada miembro de la familia pueda tener su espacio íntimo, como todos hemos hecho con nuestros padres. Si esto se consigue, todos mejoran. Y emanciparse, por supuesto, de nosotros, los profesionales. Que se liberen de la violencia que ejerce en mayor o menor grado la Psiquiatría. Si lo pensamos, tan violenta es la privación de la libertad que supone un ingreso como la dependencia que podemos llevar a generar. Resulta duro decirlo, pero así es la profesión que hemos elegido. En este sentido, debemos trabajar con las personas para que no necesiten que trabajemos con ellas.

Con todo esto, creo que respondo a tu pregunta. No es que las personas deban tenemos mayor o menor grado de participación, sino que la participación es toda suya. Nosotros debemos acompañarla, siempre que sea necesario.

 

- Si la solución pasa por dar más peso al trato que al tratamiento, ¿cuál es el papel que deben jugar las propias personas afectadas por un problema de salud mental las personas del entorno social y familiar en la recuperación de las personas afectadas?

El entorno social y familiar es fundamental, por eso es tan importante que los profesionales trabajemos con él. Necesitan, primero, que se les explique qué pasa y, acto seguido, que se les haga partícipes del proyecto que se emprende.

No es de extrañar que muchas de las familias que atendemos vengan con la idea de que su hijo tiene algo cerebral. Es la idea que más fácilmente se explica, la que más cuadra con que hay que tomarse -“sí o sí y no preguntes para qué”- la medicación y que les deja a un lado de lo que ocurre.

A mi entender, la familia es parte activa de lo que pasa al igual que el paciente. Sus acciones, su discurso, su actitud pueden tanto mejorar como empeorar la situación. Esto es algo fundamental, pues en el ejercicio de esa responsabilidad pueden colaborar tanto en que su familiar mejore como en que ellos mismos, como familia, estén mejor.

Po eso, siempre que sea posible, la familia y el entorno próximo de la persona deben hacer un equipo con nosotros, colaborar en esa emancipación de la que antes hablábamos y a la que debemos arriesgarnos. Como antes decía, sólo si dejamos que la persona se responsabilice de lo que le pasa puede hacer algo con ello. En caso contrario, nos convertimos en guardianes de una cárcel que se llama diagnóstico, que cambia según criterios económicos y que desdibuja por completo a la persona.

 

Entrevista publicada en el nº 1 de la Revista Encuentro 2015.

 

V Jornadas de Jóvenes Profesionales de la Salud Mental de la Revolución Delirante.

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