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24 jul 2015

Una cuestión de conciencia

Artículo de opinión de May González Marqués, Secretaria de la Junta Directiva de la asociación madrileña AFAEM 5. Artículo publicado en el nº 1 de la Revista Encuentro

May GonzálezTengo un trastorno mental. Desde pequeña he sido una persona esencialmente pacífica, y a partir de mi diagnóstico de Bipolaridad en el año 2001, puedo decir que si alguna vez he sido algo agresiva, ha sido a raíz de algún episodio de manía que no he podido controlar.  El que en esos momentos de inconsciencia me ponga a gritar a todo el mundo, a correr, a tirar las cosas que tengo a mi alrededor, no significa que yo sea una persona peligrosa. Esos momentos caóticos son puntuales y debidos a circunstancias esencialmente estresantes y cargadas de sufrimiento, que mi yo más profundo no puede soportar; ese tipo de comportamientos siempre van asociados a algún componente emocional insostenible para mí, y creo que para la mayoría de personas con trastorno mental: son una válvula de escape para no volvernos locos/as.

Yo soy una mujer tremendamente pacifica, y cualquiera que me conozca un poco puede corroborarlo. De todos los hombres y mujeres con trastorno mental que conozco, y no son pocos, no conozco a nadie que sea violento, porque en realidad nadie es violento. Lo que ocurre es que las personas pueden volverse violentas, y eso es algo completamente distinto, ya que depende de las circunstancias personales, no de cómo sea la persona. Eso es lo que nos pasa a las personas con trastorno mental. No somos personas a las que haya que temer, sí que en determinados momentos podemos necesitar ayuda, pero para eso están nuestros tratamientos, las terapias, y si no hay más remedio, los ingresos en los centros psiquiátricos. Actualmente los recursos sanitarios existentes para nosotras/os son deficitarios; hay personas que necesitan ayuda y no la están recibiendo satisfactoriamente. En casos como estos puede ocurrir que debido al trastorno mental sucedan cosas que la persona no puede controlar y no tenga a lado el apoyo necesario para ser atendido convenientemente. El que falla ahí es el sistema, no la persona. Y para colmo, han querido una ley que nos criminaliza todavía más; cuando lo que deberían de hacer es aumentar los recursos para poder tener tratamientos integrales que nos permitan recuperarnos, realizarnos como personas y aprovechar todas nuestras capacidades, que son muchas.

No somos personas peligrosas; aborrecemos la violencia, que es un ataque frontal a nuestra especial sensibilidad; pero claro, eso sólo lo saben los que nos quieren, los que están cerca de nosotros y nos conocen y apoyan; no los que hacen las leyes sin importarles el daño que nos puedan hacer.

Pido la eliminación de todo aquel contenido que pueda estigmatizar al colectivo y sobretodo que dificulte la posibilidad de recuperación y reinserción social de las personas con algún problema de salud mental. Propongo que hagan otra ley para defendernos y proteger nuestros derechos, pues estamos a la cola en este sentido de todos los colectivos con discapacidad. Las leyes deberían ser para proteger, nunca para culpabilizar, y menos a los que ya de por sí la Historia y la Vida han culpabilizado desde el principio de los tiempos.

Gracias por escucharme.

Artículo publicado en el nº 1 de la Revista Encuentro 2015.

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